He querido titular este artículo “Reflexiones de una extraterrestre en Navidad” por dos motivos.

El primero es, porque cada vez me siento más alejada de todo lo establecido en la sociedad en general y en navidad en particular.

El segundo motivo es, porque creo que lo mejor y más sano es tomarme a broma todo lo que vivo y siento fuera del entorno de la “gente despierta”

Lo bueno de todo es, que al estar liberada de creencias y encontrarme en “cierto equilibrio” me permite no ofenderme ni tomarme nada en serio, y mucho menos de manera personal, ante comentarios y miradas cuando me oyen decir que no como carne. Es más, aprovecho todas esas situaciones para poner en práctica mi capacidad de observación y entendimiento sin entrar en críticas ni juicios. Y, para no caer en un “ego espiritual” me recuerdo constantemente que hace unos años yo era igual.

Agradeciendo a tod@s ell@s la oportunidad de seguir aprendiendo, procuro no hacer lo mismo y he dejado de ser tan vehemente en mi discurso sobre el mal trato animal y la industria que lo comercializa. Entendiendo que cada uno está en su proceso personal, por lo que hace tiempo que me limito a sonreír cuando me ofrecen una croqueta con la excusa de que apenas lleva carne. Y si alguien me pregunta el motivo de no comerlas, intento que mi respuesta sea corta pero con la esperanza de que algún día florezcan mis mismos argumentos en los demás.

Me siento cómo una extraterrestre al comprobar que en pocos años nos hemos ido dejando embaucar por las grandes empresas y corporaciones que, bajo un falso brillo y ficticia alegría se han ido apoderando de nosotr@s, obligándonos a comprar, comer, y beber sin descanso en los días que precisamente tenemos que hacer todo lo contrario.

Me siento una extraterrestre cuando veo a la gente sometida a un estrés de descarados chantajes emocionales con el fin de que sigan gastando y pagando la mayoría de ellos, por encima de sus posibilidades, auténticos disparates en productos que se supone que tiene que haber en todo hogar que se precie de tener una mesa digna de navidad.

Me siento cómo una extraterrestre cuando oigo a esas mismas personas comentar la cantidad de gastos que tienen y que no saben de donde van a sacar el dinero para adquirir los muchos regalos que aún les faltan por comprar a gente que, en muchos casos se ven obligados por compromiso y por no quedar mal.

Me siento extraterrestre cuando veo a la gente cansada y desesperada por sostener una falsa y efímera felicidad, doliéndole de antemano el hecho de comprar sin podersélo permitir y sin saber que, la mayoría de las veces la alegría dura poco.

Les cuento que yo también estuve metida en ese sistema y que unas navidades me recorrí todos los centros comerciales buscando un coche carisimo y que estaba agotado porque todos los niños, incluido el mio, lo pidieron abducidos por los machacantes anuncios de televisión. Comprobando al poco tiempo cómo dejaba el coche aparcado en el cajón de los juguetes.

Me siento una extraterrestre cuando les digo que para saber movernos dentro del sistema, tenemos que aprender a observar y darnos cuenta de que, no tiene absolutamente nada que ver el marketin y las estrategias de ventas con una real y verdadera demostracion de amor hacia los demás. Que es mucho importante mantener presente en sus vidas una sincera felicidad con ellos mismos y con su propia realidad, sin tener que recurrir a falsas expectativas dentro de una sociedad materialista en la que se nos exige cada vez más, donde el capitalismo a sabido aunar perfectamente y sin escrúpulo alguno, los lazos afectivos con el consumismo para su propio beneficio.

Pero lo que realmente me hace sentirme como una extraterrestre, es cuando me responden que lo saben, pero que asumen la necesidad de cubrir esa demanda de absurdos regalos que ellos mismos les han creado para que compres y se endeuden a golpe de tarjetas y préstamos. Aceptando un sistema de esclavitud, prefiriendo seguir autoengañándose con falsas esperanzas de cambio, eligiendo mantenerse en la queja antes que atreverse a romper con las asfixiantes normas a las que les someten, optando por el victimismo y viviendo bajo presión con tal de no señalarse y dejar de formar parte de la gran maquinaria en la que sobrevive la inmensa mayoría de la masa humana.

Digo que me siento extraterrestre por querer recuperar y compatibilizar estas fiestas con las costumbres de nuestros ancestros, que son las mismas que se han celebrado desde la noche de los tiempos: el solsticio de invierno, la llegada de luz, el Renacer del ser humano, el nacimiento de Jesús.

Me siento extraterrestre cuando veo en navidad cómo nos entregamos a una sociedad en la que por año nos exigen y adelantan cada vez más las fiestas, llenando las calles de luces y música, marcándonos a un ritmo frenético, en el que cómo autómatas consumimos y compramos mientras nos alejan y nos hacen olvidar el verdadero espíritu de la navidad.

Haciéndonos ver que todo es motivo de alegría y felicidad, nos obligan a no pensar y a mantenernos en un estado de constante trabajo y movimiento, organizando reuniones y comidas interminables o, tentándonos con billetes de vuelos a bajo precio que nos llevan a lugares lejanos por poco tiempo, para dejarnos luego exhaustos y agotados.

Me siento extraterrestre por querer volver a celebrar la llegada del invierno como se hacía en la antigüedad: festejando, agradeciendo y compartiendo el nacimiento de un nuevo año, de un nuevo ciclo y de una nueva vida.

Somos parte de la Tierra, pertenecemos a ella y estamos destinados a seguir su ritmo.

La naturaleza se detiene y nos invita al descanso y la reflexión.

En sus largas noches, al igual que un oscuro y cálido útero, nos acoge cómo semillas de luz plantadas en la tierra y, nos recuerda, que es necesario y vital ese tiempo de oscuridad, de retiro, de reencontrarnos con nosotr@s s mism@s para que podamos nacer y florecer de nuevo otra vez.

El invierno nos evoca al silencio, a que oigamos a nuestra intuición y prestemos más atención al corazón. Nos da la oportunidad de aprender a querernos y respetarnos. Nos empodera como auténticos seres humanos y nos enseña nuestro propósito de vida.

Esto es para mí el verdadero significado de la Navidad. Natal-Natividad: Nacer-Renacer.

Y después de todo lo expuesto, os pregunto: pensáis que hay dinero que pueda comprar todo lo que nos enseña el invierno?

Creéis que existe alguna marca, comercio o corporación que os pueda vender lo que la naturaleza os entrega de manera gratuita?

Os dejo estas preguntas que, igual que la propia estación, os invita a la reflexión.

Gracias por leerme.

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