Me han traído los Reyes Magos estos bonitos pañuelos de nariz. Y en cuanto los vi llegaron a mi memoria recuerdos de un pasado que se me antoja más que lejano.

Un pasado que hace que tenga la extraña sensación de haber vivido varias vidas en una misma. Y que todas ellas las recuerde y las sienta cómo un holograma construido con programas a los que se desconectan y pasan a los archivo de vidas pasadas.

Pero, curiosamente, siempre quedan pequeños hilos de corriente conectados entre sí, haciendo que una imagen, una palabra, un olor o un paisaje que nos hace retrotraer de nuevo ese recuerdo que se quedó oculto en algún pliegue de la memoria.

Unos hilos de corriente como los que unen a las neuronas pero que realmente no son en cuestión los propios recuerdos de tiempos pasados los que hacen que nos reconectanos de nuevo a esa sensación. Existe algo mucho más poderoso que todo eso, y es nuestro corazón.

Parece que el corazón también tiene sus propias neuronas y estoy convencida de que así es, ya que pude comprobar de manera muy íntima y personal al ver esos pañuelos cómo a través de recuerdos en modo flash me llevó directamente a él.

En cuestión de segundos, cómo si estuviera bajo una lluvia de fotones visualice a mi madre y su maravillosa colección de pañuelos.

Aparecieron imágenes, emociones y de sensaciones de cuando era niña. Recordé que me encantaba verlos, tocarlos, olerlos. Todos guardaban entre sus hilos y tramas el olor de mi madre, una mezcla a ropa limpia, a su perfume y a jabón de Heno de Pravia que guardaba en los cajones entre sábanas y toallas.

Cada uno en su estilo eran todos preciosos, algunos eran de algodón sencillo y con menudos estampados, otros eran más historiados, de batista blanca con flores bordadas y otros más modernos que pertenecían a una colección de Pertegaz, de los que conservo un par de ellos junto algunos de florecitas de cuando yo era una niña.

También me vino a la memoria los pañuelos de mi padre. Me encantaba ver a mi madre cómo los planchaba y los doblaba pasandole de nuevo la plancha una y otra vez hasta convertirlos en pequeños y perfectos cuadrados, dejando a la vista en una de sus caras la letra de su inicial bordada sobre el blanco e inmaculado lienzo.

Y recordé cuando mi padre se sacaba de su bolsillo uno de esos pañuelos para sacarme las lágrimas o limpiarme los mocos, por algún llanto de alguna caída o de algún capricho no concedido.

Recordé que nunca los desdoblaba y me vino a la memoria, cómo aquel trozo cuadrado de tela que con esmero había planchado antes mi madre, me daba pequeños golpecitos para secarme las lágrimas mientras me consolaba a la vez que sentia sobre mi cara la suave y mullida textura del algodón.

Todo esto me ha hecho ver una vez más, la cantidad de cosas que nos han ido sustituyendo en poco tiempo, a cambio de un despiadado y descarado comercio.

Siendo lo peor de todo, que somos nosotros mismos los que se lo permitimos, dejando en manos de unos cuantos que nos creen unas inexistentes necesidades para luego vendernos a un alto precio soluciones que afectan al medio ambiente y directamente a nuestros bolsillos y recuerdos.

¿Os habéis preguntado cuanto dinero habréis gastado a lo largo de los años en pañuelos de papel? ¿Y, que cantidad de pingües beneficios le habéis proporcionado a unos cuantos? los mismos que, por supuesto nos les tiemblan las manos a la hora de cortar un árbol.

¿Os imagináis la cifra que puede dar el resultado de multiplicar centenares de paquetes de pañuelos gastados por millones de personas, usados en todo el mundo?

¿Sabéis lo que contamina una fábrica de celulosa? ¿Sabéis la cantidad de árboles que hay que talar y las toneladas de residuos que generamos por el uso y abuso que hacemos de ellos de manera inconsciente?

¿Os habéis parado a pensar los gustosos recuerdos y sensaciones que nos producen sentir suaves texturas en nuestra piel y que la hemos cambiado por el basto e impersonal tacto de un pañuelo de papel?

¿Estáis dispuest@s a renunciar a una ética y estética que nos proporciona los pañuelos de tela con sus alegres estampados o sus blancos inmaculados? ¿Queréis que nos sigan desollando el papel nuestras doloridas e irritadas narices cuando nos resfriamos?

¿Y todo porque en su momento nos hicieron ver lo cómodo que es usar y tirar un pañuelo de papel?

Personalmente creo que ya he pagado bastante. Por mi parte no pienso seguir colaborando con más tala indiscriminada. Prefiero volver a usar los pañuelos de mi madre y los nuevos que me han traído este año los Reyes Magos y seguir disfrutando de la hermosa presencia y compañía de un árbol.

¿Y tú? ¿te apuntas al cambio?

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