No sé si Gustav Klim cuando pintó “Las tres edades de la mujer” se limitó a representar en el cuadro el nacimiento, la madurez y la ancianidad. Personalmente creo que fue mucho más allá y pintó a la perfección lo que realmente somos: Todas las mujeres en divina unidad. Todas somos una. Todas estamos unidas en el tiempo y el espacio por nuestro Sagrado Femenino. Todas somos niñas, jóvenes y ancianas a la vez.

A la mayoría de nosotras, de niñas nos han gustado y nos han regalado una muñeca.

Todas, de una forma u otra, desde niñas nos hemos convertido en madres. Hemos cuidado, acunado y alimentado.

La niña desde el fondo de su alma alberga la sabiduría de sus abuelas.

La mujer, en su madurez debería de mantener intacta su capacidad de asombro, la alegría de vivir, las ganas de aprender y la ilusión de hacer realidad sus sueños, igual que cuando era una niña.

A una mujer le gusta seguir bailando, cantando, jugando y soñar. Y, al igual que cuando era niña se refugiaba en los brazos de su padre, en su edad adulta tiene que encontrar su complemento divino en un compañero de camino.

Una mujer, una niña o una anciana, enseña y aprende constantemente, asumiendo con la templanza que da la experiencia de los años, las pruebas que la vida le depara.

Una anciana es una niña con mucha experiencia adquirida.

En ella están todas las mujeres. Es una hija, una madre, una abuela y una nieta a la vez.

Manteniendo una sabia inocencia, va creciendo dentro de su propio universo.

Una mujer en su ancianidad, a lo largo del tiempo va aprendido a conjugar la coherencia de los años con la ternura de una niña, dando cómo resultado, el perfecto equilibrio de vida que se obtiene cuando aprendes a conocerte profundamente.

La mujer, si vive su vejez conscientemente, llevará en su mirada la maestría de la vida con la sencillez de una sonrisa y se sentirá siempre acompañada por la melodía que alberga su corazón.

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