Es bueno ser autocriticos y reconocer nuestros fallos y errores.

En ocasiones somos muy exigentes con nosotros mismos y nos sentimos únicos responsables por lo sucedido. Asumiendo de manera desmesurada nuestra culpa, nos castigamos sin piedad y nos machacamos hasta hundirnos.

En otros casos, no vemos nuestras faltas, pensamos que no hemos hecho nada mal y que son los otros los que están equivocados. Convirtiendo los mismos motivos para sentirnos engañados, defraudados, dolidos, abandonados, etc…

En ambos casos el sufrimiento está asegurado. Pero si vemos todo lo que nos ocurre cómo un modo de aprendizaje, nos daremos cuenta de que equivocarnos nos enseña a tener un balance emocional, sabiendo asumir las consecuencias de nuestras palabras y actos.

Equivocarnos nos da la oportunidad de aprender a ser humildes y aceptarnos con nuestras imperfecciones. Nos enseña que siempre podemos levantarnos de nuevo. Nos ofrece una segunda parte para pedir perdón, perdonar, reconocer y dialogar. Equivocarnos nos aporta la enseñanza de que siempre estamos a tiempo de rectificar, pero sobre todo, nos permite por encima de todo, que aprendamos a conocernos, perdonarnos y a querernos.

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